REPORTAJE: El reducto nazarí
La huella morisca está viva en la Alpujarra granadina. Pueblos
encerrados entre cimas y barrancos que saben de rebeliones
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JUAN DE DIOS MELLADO EL PAÍS - 12-12-2004 En estos días, el valle Poqueira es como un racimo de oro. Subir desde Órgiva, una vez dejado el balneario de Lanjarón, hasta Bubión o Capileira es atravesar pequeños bosques de castaños, robles y nogales encendidos por un otoño alargado. La Alpujarra granadina se adormece a la espalda del Veleta y del Mulhacén, con pueblos blancos que, a veces, parecen ser ventisqueros de nieve que se desparraman por los montes. Pero es una ilusión. La nieve, este año, se está haciendo rogar y cuando se dejan los caminos por los que posiblemente subiera el hispanista Gerald Brenan para buscar amor y soledad hasta el pueblo de Yegen, las pisadas del viajero levantan el chisporretear de las hojas secas y quemadas por el sol. |
La Alpujarra granadina y, en menor grado, la almeriense, no pueden
soportar más presión turística; que no es posible que se sequen los
acequias y los riachuelos o que se abran en canal los montes para
arrancar la piedra, como heridas blancas puestas al sol. Llevo años
subiendo a la Alpujarra y cada vez más se me sobrecoge el espíritu
porque el desarrollo sostenible es una cantinela que suena bien, pero
nada más. Las señas de identidad pueden perderse y sólo puede quedar el
recuerdo de una arquitectura popular que no superan los edificios
inteligentes de hoy en día. Aún así y si se va con el espíritu de
aquellos viajeros que tenían como arma la mirada, la palabra y el lento
caminar, bien merece perderse unos días por vericuetos que se encaraman
hasta los puntos más altos de la península. Hay destellos vivos de una
naturaleza apenas hollada por los turistas y hasta se mantienen algunos
tejares y talleres donde se cultivan viejas tradiciones andaluzas, pero,
lamentablemente, los tenderetes con productos marroquíes y tiendas que
huelen a cuero de camello y cabra se apoderan del comercio.
Por el camino, pequeños huertos de naranjos y granados con los granos
abiertos como una herida roja y golosa, labrados en bancales arrancados
a los suaves montes. No se escucha, por el momento, el rumor del agua
porque es un año seco y las primeras lluvias sirvieron sólo para
humedecer la superficie; por eso, los pequeños arroyos y ligeras
cascadas que antes llevaban agua aparecen ahora como llagas marrones en
una tierra donde la huella de la historia es como una profunda muesca en
los pueblos que vamos dejando a uno y otro lado de la estrecha carretera
que nos llevará hasta donde los moriscos sentaron sus reales,
abancalaron los montes, trazaron acequias y arroyos.
Y subiendo se llega primero a Pampaneira, con sus terraos y geranios
rojos en las paredes; con los tinaos que sujetan casas, mientras cuelgan
ristras de pimientos rojos puestos a secar. Un mundo de silencio cuando
cae la tarde y se mecen con dificultad los penachos de humo que salen
por las chimeneas que son como tachuelas en relieve levantadas sobre los
terraos. Pueblo morisco, como todos ellos, con rincones y pequeñas
plazuelas donde hay requiebros de amor en las parejas que se asoman al
valle.
Y de Pampaneira a Bubión, con parada y fonda en la Villa Turística,
emblema del turismo del interior, donde el viajero encuentra paz y
sosiego, teniendo a sus pies los tejados planos de este pequeño pueblo
que se desparrama por sus calles que sabe de historias y rebeliones.
Como sucede con Capileira donde hay que hacer varias estaciones antes de
retomar aliento en la calle Mentidero, balcón asomado al barranco que ha
labrado el río Poqueira. Desde este pueblo salen las excursiones para
subir hasta el Mulhacén y se encuentra el museo de artes y costumbres
populares Pedro Antonio Alarcón.
En Trevélez hay momentos en los que cuesta respirar de tan puro es el
aire. Y si uno es fumador, el viento es como una puñalada fría porque te
corta hasta la respiración. No extrañe al viajero este hecho, sino que
debe animarle a subir y bajar sus empinadas cuestas, siempre con unos
"buenos días" colgados de los labios porque en este pueblo, a 1.694
metros de altura, sus habitantes tienen a bien desearte lo mejor. Y de
lo mejor, el jamón. Los ilusos, y entre ellos me encuentro, llevaban
años buscando las cochineras para buscar los marranos (cerdos) que tan
buena y justa fama han dado los perniles con Denominación de Origen que
salen de aquí. Tardé tres años en darme de bruces con una pequeña piara
de cerdos blancos que remoloneaban subiendo una cuesta a las afueras del
pueblo, cerca del río. Pero me dijeron que no es verdad lo que parece,
que los jamones que salen de sus secaderos vienen de otros puntos de
España e incluso del extranjero y que aquí, el aire, la altura, el mimo,
la técnica y la sabiduría de los especialistas le dan el toque final.
Placeres para el cuerpo y la vista. Algo distinto a lo que buscaron los
budistas tibetanos en Soportújar en su templo O. Sel Ling, o dicho en
cristiano, Lugar de la Luz Clara, donde el silencio solo es roto por el
tintineo que el aire provoca en unas láminas de metal. O quienes,
subiendo a Trevélez, se detienen en la Fuente Agria de Pórtugos para
darse un trago de agua de hierro, de sabor amargo y fuerte. Aviso a
desprevenidos: hay cinco caños, los de la derecha dan agua más dura,
amarga y ferrugosa; los de la izquierda, más suave. Signos de los nuevos
tiempos. En cualquier caso parece como si en la boca se tuviera un
tornillo mojoso pero un buche de esta agua suple con creces no sé
cuántos potajes de lentejas.
A la derecha de la carretera, Busquístar, el pueblo morisco mejor
conservado, no en vano sus calles se confunden con los terraos (techos
planos como en Marruecos), especialmente preparado para las torrenteras
de agua y las chimeneas dándole una personalidad muy definida. Hay
chimeneas que parecen la bacina que utilizaba Don Quijote para
defenderse del sol y hay otras que más bien se asemejan al capelo de un
cardenal; en fin, un pequeño pueblo, donde como en todos, hay
alojamientos rurales que hacen las delicias de los capitalinos y a buen
precio.
Algunas recomendaciones: - Para dormir. Villa Turística de Bubión, de
casas típicas con chimenas. Amabilidad y sosiego. Buen yantar. Hay
numerosas casas rurales, fondas y hostales. - Para comer.. Haga honor a
unas buenas migas, pero hay que encargarlas con tiempo. En La Fragua,
por ejemplo (Trevélez). En el Mesón Poqueira, en Capileira, comer un
buen plato de lomo o chivo mientras suena música de Vivaldi o Mozart.
Delicioso. - Para comprar. Sabrosos jamones de Denominación de Origen
(Jamones González, por ejemplo), miel del Parque Natural de Sierra
Nevada, jarapas y, si puede, bájese de Capileira un buen lomo a la tabla
con tomillo y una hogaza de pan en horno de leña.